Entrevista a Luis ángel Fernández de Betoño

ENTREVISTA A LUIS ÁNGEL FERNÁNDEZ DE BETOÑO

Por Arthur Habbanan
Entrevista parcial en la Revista CUADERNO LITERARIO Nº6. 
Cliquen en la imagen del escritor para entrar a su página web
 

Presentación

Hay escritores que buscan el refugio de las historias amables y héroes a los que admirar. Y luego está Luis Ángel Fernández de Betoño (Vitoria-Gasteiz, 1973). Este autor alavés se ha convertido en una de las voces más incómodas, magnéticas y directas del thriller, la ciencia ficción y el noir patrio. Exprofesor de formación vial y hoy empleado municipal, Luis Ángel utiliza la literatura como un bisturí para rajar la superficie de la cotidianidad y enseñarnos qué pasa cuando a la gente común se la aprieta hasta el límite.

Habitual de festivales de renombre como el Vitoria-NeGrasteiz y creador de universos que van desde la corrupción espacial en Marte hasta los laberintos psicológicos de un escritor fantasma, su máxima es clara: "No escribo para todo el mundo". Hoy en Cuaderno Literario nos adentramos en su particular laboratorio psicológico, listos para ponernos el cinturón de seguridad y recorrer las curvas más peligrosas de su literatura. Bienvenido, Luis Ángel.

 

La Entrevista: 

 

               El Éxito en el Circuito Independiente.


Luis Ángel, te has convertido en un autor de referencia dentro del circuito de edición independiente en España. ¿Qué te aporta la libertad del entorno indie que crees que se perdería bajo las exigencias comerciales de un gigante como Planeta o Penguin?

La principal ventaja de la edición independiente es la libertad para asumir riesgos. Cuando escribo una novela no pienso en si encaja en una línea editorial concreta ni en si responde a las tendencias del mercado de ese momento. Pienso únicamente en la historia que quiero contar y en la mejor forma de hacerlo.

Eso me ha permitido mezclar géneros con bastante naturalidad. En mis libros conviven la ciencia ficción, el thriller, la novela negra, la reflexión social o incluso ciertos elementos fantásticos sin preocuparme demasiado por las etiquetas. Una gran editorial tiene que tomar decisiones empresariales y es lógico que busque productos con un público claramente definido. El autor independiente puede permitirse explorar caminos menos transitados.

En 2020 y posteriormente en 2022 mantuve contactos con algunas editoriales interesadas en mi trabajo. Fueron conversaciones cordiales y enriquecedoras, pero finalmente no llegamos a un acuerdo para publicar mis novelas. Aquella experiencia me permitió conocer mejor el funcionamiento del sector y confirmar algo que ya intuía: para mí, la libertad creativa tiene un valor importante.

Ahora bien, tampoco voy a caer en el romanticismo de afirmar que jamás trabajaría con una gran editorial. Sería poco sincero. Si mañana una editorial como Planeta o Penguin me planteara un proyecto serio, con una propuesta que respetara la esencia de mis obras y me permitiera seguir siendo yo mismo como autor, me sentaría a escucharla encantado. Creo que cualquier escritor estaría dispuesto a hacerlo. La cuestión no es elegir entre independencia o editorial tradicional como si fueran bandos enfrentados, sino encontrar el equilibrio adecuado entre libertad creativa, alcance y respeto por la obra.

No idealizo el mundo indie. La libertad tiene un precio. Además de escribir, debes convertirte en corrector, maquetador, diseñador, responsable de marketing, gestor de redes sociales y, en muchos casos, tu propio comercial. Nadie va a construir tu carrera por ti.

Sin embargo, esa independencia también genera una relación muy directa con los lectores. Cuando alguien me escribe para comentar una novela, una reseña o una reflexión publicada en mi web, sé que esa conexión se ha construido sin intermediarios. Para mí, ese contacto directo con quienes dedican parte de su tiempo a leerme es una de las mayores recompensas que ofrece este camino.Principio del formulario

 

​Has conseguido que tus audiolibros tengan distribución internacional en plataformas como Amazon Music. ¿Cómo se vive el éxito de cruzar fronteras gracias a la voz y el formato digital desde la gestión independiente?

La verdad es que lo vivo con cierta mezcla de satisfacción y distancia. Mis dos primeras novelas en audiolibro, Las colonias del Sistema Solar: Theia y El ascenso del Duque, fueron producidas y distribuidas por Saga Egmont. Ellos gestionan todo el proceso y, siendo sincero, apenas tengo información detallada sobre las escuchas o los países donde se consumen. Una vez al año recibo la correspondiente liquidación de derechos y poco más.

El resto de mis novelas han llegado al formato audiolibro a través de las herramientas que ofrece Amazon a los autores independientes. Ahí sí tengo algo más de control, aunque tampoco soy de esos escritores que viven pendientes de las estadísticas diarias.

Lo que sí resulta curioso es pensar que una historia que empezó en el escritorio de mi casa en Vitoria puede terminar siendo escuchada por alguien al otro lado del mundo mientras conduce, pasea o hace deporte. Esa capacidad de romper fronteras es probablemente una de las grandes revoluciones silenciosas que ha traído la edición digital.

Dicho esto, debo reconocer que el audiolibro no es mi formato favorito como lector. Lo utilizo ocasionalmente y entiendo perfectamente su éxito, especialmente por la falta de tiempo que tenemos todos hoy en día, pero sigo disfrutando más de la lectura tradicional. Quizá por eso tampoco vivo mis audiolibros con una obsesión especial. Me alegra que existan y que encuentren a sus oyentes, pero mi verdadera preocupación sigue estando en la historia y en la experiencia de lectura, independientemente del formato en que llegue al público.

 

​Cuando escribes tus novelas, ¿tienes en cuenta la "musicalidad" del texto pensando en cómo va a sonar narrado al oído de un oyente de audiolibros?

La respuesta sincera es no. De hecho, ni siquiera me lo había planteado hasta leer esta pregunta.

Cuando estoy escribiendo tengo bastante trabajo con crear personajes creíbles, conseguir que evolucionen, mantener la coherencia de la trama, dosificar la información, sostener la tensión, evitar que el misterio se desinfle por el camino y lograr que todo encaje al final. A eso hay que añadir las revisiones, la corrección gramatical, la ortografía, las repeticiones involuntarias y esas pequeñas manías que todos los escritores desarrollamos sin darnos cuenta.

Con semejante lista de preocupaciones, confieso que nunca me había detenido a pensar en cómo sonaría una frase concreta narrada en un audiolibro.

Eso no significa que el ritmo del texto no me importe. Al contrario. Intento que la lectura fluya, que los diálogos tengan naturalidad y que la narración mantenga un pulso adecuado. Pero lo hago pensando en el lector, no en un narrador leyendo la obra en voz alta.

Ahora bien, reconozco que tu pregunta me ha hecho reflexionar. Quizá la musicalidad sea uno de esos elementos que algunos autores trabajan de forma intuitiva sin ser plenamente conscientes de ello. En cualquier caso, si dentro de unos meses descubro que me ha creado una nueva obsesión durante el proceso de escritura, te echaré la culpa. Es broma. O quizá no.

 

​Muchos autores independientes se quejan de la invisibilidad, pero tú has construido una base de lectores muy fiel. ¿Cuál es el secreto para conectar con el público sin la maquinaria publicitaria de las grandes editoriales?

Ojalá conociera el secreto, porque probablemente estaría vendiendo muchos más libros. Creo que, más que una fórmula mágica, lo que ha habido ha sido una suma de pequeñas cosas hechas durante años.

He intentado mantener una presencia activa en redes sociales, colaborar con blogueros, participar en comunidades lectoras y publicar reseñas, artículos y contenidos relacionados con la literatura más allá de mis propias novelas. Siempre me ha parecido que la mejor forma de acercarse a los lectores no es estar constantemente diciendo "compra mi libro", sino demostrar que realmente te apasiona la literatura.

También he procurado responder a los lectores cuando me escriben y mantener una página web donde compartir reseñas, reflexiones y parte de mi vida literaria. Con el tiempo se acaba creando una pequeña comunidad de personas que comparten intereses similares.

Dicho esto, tampoco quiero dar una imagen de éxito permanente. Mi última novela llega después de un paréntesis de casi seis años sin publicar ficción, y eso se nota. Cuando desapareces durante tanto tiempo, parte del trabajo hay que volver a hacerlo. Sin embargo, tampoco han sido años de silencio. He seguido escribiendo relatos, artículos y reseñas, colaborando con distintas publicaciones y participando en diversos proyectos literarios, algunos más visibles que otros. No he dejado de escribir; simplemente he dedicado ese tiempo a otras facetas del oficio.

Una de las alegrías que me ha dado Escritor Fantasma ha sido comprobar que algunos lectores que me acompañaron en etapas anteriores todavía estaban ahí. Algunos incluso me han escrito para decirme que pensaban que había abandonado la escritura. Recuperar ese contacto después de tantos años ha sido una satisfacción enorme.

Mirando atrás, creo que ese periodo también me ha servido para mejorar como escritor. He leído mucho, he escrito mucho y he cometido suficientes errores como para aprender de algunos de ellos. Cuando uno publica una novela después de varios años, descubre que no es exactamente el mismo autor que la empezó a escribir.

Creo que esa es la verdadera recompensa. No tanto las cifras, que siempre suben y bajan, sino descubrir que algunas historias permanecen en la memoria de los lectores mucho después de haberlas escrito

 

​Tu perfil recuerda al de esos autores de género que crecen gracias al boca a boca, las comunidades lectoras y las editoriales pequeñas. ¿Crees que la ciencia ficción con más personalidad en España se está cocinando hoy en los márgenes del mercado tradicional?

Creo que la ciencia ficción española siempre ha ocupado un espacio relativamente pequeño dentro del mercado editorial, especialmente si la comparamos con otros géneros como la novela negra o el thriller. Sin embargo, también es cierto que posee una comunidad de lectores extraordinariamente fiel. Incluso diría que militante, en el mejor sentido de la palabra. Son lectores que apoyan a los autores, recomiendan libros, participan en foros, acuden a eventos y están dispuestos a dar una oportunidad a voces nuevas.

Personalmente, les debo mucho. Después de publicar mi primera novela, Las colonias del Sistema Solar: Theia, fueron precisamente esos lectores quienes me animaron a continuar escribiendo. Viéndola con la perspectiva que dan los años, soy perfectamente consciente de que aquella novela tenía errores propios de un autor debutante. De hecho, todavía me resisto a revisarla porque forma parte de mi aprendizaje y de quién era yo cuando la escribí.

Sin embargo, aquellos lectores supieron ver algo que iba más allá de los defectos técnicos. Supieron conectar con la historia y, sobre todo, con los personajes. Creo que gran parte del carisma de aquella novela nació precisamente de ellos. Llegó un momento en que dejaron de comportarse como simples figuras sobre el papel y empezaron a tomar decisiones por su cuenta. Sé que suena extraño, pero muchos escritores saben exactamente a qué me refiero. Hay ocasiones en las que uno deja de empujar la historia y empieza simplemente a seguir a sus personajes.

Todavía hoy tengo la sensación de que algunas de las mejores escenas de aquella novela surgieron de esa forma. Como si los protagonistas hubieran tomado el control y yo me hubiera limitado a observar y escribir lo que ocurría.

Respecto a la pregunta, sí creo que parte de la ciencia ficción más personal e interesante se está desarrollando en espacios alejados de las grandes tendencias comerciales. No necesariamente porque el mercado tradicional la rechace, sino porque ciertos autores tienen más libertad para asumir riesgos cuando trabajan desde los márgenes. Y la ciencia ficción, al fin y al cabo, siempre ha sido un género que necesita libertad para imaginar futuros diferentes y plantear preguntas incómodas sobre nuestro presente.
 

​Gestionas tu presencia digital de forma muy directa, incluso ofreciendo tus servicios profesionales como ghostwriter (escritor fantasma) en tu web. ¿Consideras que el escritor del siglo XXI debe ser tanto un artista como un artesano de la palabra? 

La verdad es que no lo sé. Siempre me han dado un poco de miedo las definiciones demasiado rígidas sobre lo que debe ser un escritor. Supongo que cada uno encuentra su propio camino y hace lo que mejor se adapta a su carácter y a sus circunstancias.

En mi caso, me gusta escribir. Así de sencillo. Evidentemente disfruto más cuando trabajo en mis propias novelas y puedo desarrollar las historias que me interesan, pero también me siento cómodo escribiendo artículos, relatos, reseñas o colaboraciones de otro tipo. Al final todo forma parte del mismo oficio: sentarse delante de una página en blanco e intentar comunicar algo de la mejor manera posible.

Quizá por eso nunca he visto una frontera demasiado clara entre el escritor y el artesano. La inspiración existe, pero la mayor parte del tiempo escribir consiste en trabajar, corregir, reescribir, documentarse y resolver problemas narrativos. A veces se parece más a un oficio que a una actividad artística.

Respecto al trabajo como escritor fantasma, también me ha permitido comprender mejor esa dimensión artesanal de la escritura. Cuando ayudas a otra persona a contar su historia, dejas tu ego en segundo plano y te concentras en encontrar la mejor manera de transmitir unas ideas, unas experiencias o una voz que no son las tuyas. Es un ejercicio muy interesante y bastante más complejo de lo que parece desde fuera.

En cuanto al resto de escritores, imagino que cada uno se busca la vida como puede. El mundo literario siempre ha sido un ecosistema bastante diverso. Algunos viven exclusivamente de sus libros, otros combinan la escritura con otras profesiones y muchos hacemos un poco de todo. Lo importante, al menos para mí, es no perder nunca las ganas de seguir escribiendo.

 

​En tus obras hablas a menudo de sistemas corruptos que aplastan al individuo. ¿Es la autogestión de tu carrera literaria tu propia manera de rebelarte contra el "sistema" de la industria editorial?


No exactamente. No me considero alguien que esté luchando contra la industria editorial ni creo que exista una conspiración destinada a impedir que determinados autores publiquen. La realidad suele ser bastante más sencilla y, a la vez, bastante más compleja.

Lo que ocurre es que siempre he tenido una tendencia natural a cuestionar las versiones oficiales de las cosas. Desde pequeño me ha gustado llevar la contraria, no por el simple placer de discutir, sino porque me cuesta aceptar una afirmación únicamente porque la haya pronunciado alguien con autoridad. Ya sea un político, un periodista, un experto o cualquier otra persona situada en una posición de influencia.

Esa actitud ha terminado filtrándose a mis novelas. Más que hablar de sistemas corruptos, me interesa explorar cómo funcionan realmente las estructuras de poder y qué ocurre cuando los intereses de las organizaciones chocan con los intereses de las personas. Creo que el mundo suele presentar una cara visible, la que aparece en los discursos, los titulares o las declaraciones oficiales, y una cara menos visible que rara vez se muestra al público. Esa zona de sombra es la que me interesa explorar como escritor.

No pretendo dar respuestas definitivas ni presentarme como alguien que posee una verdad oculta. Al contrario. Lo que intento es que el lector se haga preguntas. Que aprenda a desconfiar un poco. Que se acostumbre a mirar una noticia, una decisión política o una explicación aparentemente perfecta y se pregunte si existe algo más detrás.

Si mis novelas tienen un mensaje común, probablemente sea ese: la realidad casi nunca es tan simple como parece a primera vista. Por eso no veo la autogestión de mi carrera literaria como una rebelión contra la industria editorial. Más bien la considero una consecuencia lógica de mi forma de ser. Siempre me ha gustado recorrer mi propio camino, cometer mis propios errores y sacar mis propias conclusiones. Supongo que, en el fondo, también escribo por esa misma razón.

 

Vitoria-Gasteiz y su atmósfera invernal son habituales en el noir vasco. ¿Cómo ha influido tu entorno geográfico en la construcción de tus atmósferas?

Seguramente menos de lo que cabría esperar. Aunque he nacido y vivido la mayor parte de mi vida en Vitoria-Gasteiz, hasta ahora la ciudad ha tenido una presencia bastante discreta en mis novelas. Aparece mencionada en Selena y en Escritor Fantasma, pero más como un punto de referencia biográfico que como un escenario protagonista. En Escritor Fantasma, por ejemplo, apenas se menciona como el lugar de nacimiento de uno de los personajes.

Sin embargo, eso no significa que mi entorno no me haya influido. Como vitoriano conozco perfectamente lo que es un día de invierno con lluvia fina, viento norte y un cielo gris que parece dispuesto a aplastarte. Conozco esa sensación de hundirte dentro del anorak mientras avanzas por una calle desierta pensando que el clima te ha declarado la guerra. Son experiencias que forman parte de tu manera de percibir el mundo, aunque luego no siempre aparezcan de forma explícita en los libros.

Curiosamente, eso está cambiando. En estos momentos estoy trabajando en una novela negra ambientada en Álava durante el invierno. Aunque Vitoria tendrá presencia en la historia, buena parte de la acción transcurre en La Guardia, una localidad que posee una atmósfera extraordinaria para el género negro. Sus calles estrechas, sus murallas, las bodegas subterráneas, la niebla, el frío y el paisaje de viñedos crean un escenario que parece hecho a medida para esconder secretos

Por primera vez voy a explorar de forma consciente ese territorio que conozco desde dentro. Y sospecho que el resultado se acercará bastante a lo que muchos lectores identifican como noir vasco: una combinación de frío, oscuridad, rutina cotidiana y esa sensación permanente de que algo inquietante puede estar ocultándose justo a la vuelta de la esquina.

Quizá era inevitable. Después de tantos años escribiendo sobre colonias espaciales, asesinos, escritores atormentados y personajes al límite, tarde o temprano tenía que acabar regresando a mi propia tierra.



       Ciencia Ficción "Humana" y Conflicto Moral 


 

​En novelas como la saga Las colonias del Sistema Solar, dejas claro que no te interesa la tecnología por sí misma, sino lo que los humanos hacemos con ella. ¿Por qué decidiste llevar la decadencia moral y la corrupción fuera de la Tierra, concretamente a Marte?

Después de escribir La tercera ley, me apetecía escribir una novela negra de ciencia ficción. Tenía ya un universo definido en Las colonias del Sistema Solar: Theia y El ascenso del Duque, así que no partía de cero.

Desde mi primera novela había imaginado un Sistema Solar dividido en grandes bloques de poder: las colonias que orbitan alrededor de Júpiter y Saturno como primera potencia; Marte como segunda potencia, pero también como un planeta corrupto y en decadencia; el cinturón de asteroides como fuente de recursos mineros, conflictos, piratas y señores de la guerra; y la Tierra como un planeta hundido en la miseria, completamente arruinado, donde la gente se muere de hambre.

Además, algunos lectores me habían pedido que desarrollara más Marte. En mis dos primeras novelas aparecía de pasada, como una entidad política importante pero todavía poco explorada.

Así que la decisión fue bastante natural. Escribí Corrupción en Marte, una novela negra pura ambientada en ese universo. Allí pude desarrollar una sociedad marciana compleja, dividida entre distintos grupos sociales y atravesada por una corrupción estructural donde la mafia no actúa contra el poder político, sino muchas veces a su servicio.

Lo que realmente me interesaba era explorar la posibilidad de una sociedad que hubiera aceptado la corrupción como una forma normal de convivencia. Un lugar donde el soborno, el clientelismo, los privilegios o los abusos de poder ya no provocan indignación porque forman parte del paisaje cotidiano. Cuando una sociedad deja de considerar anormal la corrupción, ésta deja de esconderse y empieza a organizar las relaciones humanas.

Al mismo tiempo, Marte me permitió jugar con nuevas formas de entender la vida, las relaciones personales y la propia organización social. La ciencia ficción ofrece esa ventaja: permite exagerar ciertos comportamientos humanos o plantear modelos alternativos para observarlos desde una cierta distancia.

Al final, Marte me servía para hablar del futuro, pero también del presente. Cambian los planetas, cambian las tecnologías y cambian las formas de vida, pero las ambiciones, los intereses y las contradicciones humanas siguen acompañándonos allá donde vayamos.

 

​Se dice que tu ciencia ficción es eminentemente "humana". ¿Por qué te resulta más atractivo explorar la psicología de un colono al límite que explicar el funcionamiento técnico de una nave espacial?

Porque, sinceramente, creo que la ciencia ficción no trata de naves espaciales. O al menos no principalmente.

A lo largo de los años he recibido mensajes de lectores diciéndome que determinados avances tecnológicos que aparecen en mis novelas son imposibles. Mi respuesta suele ser siempre la misma: son imposibles... de momento. Quizá dentro de cien años alguien encuentre una forma de resolver problemas que hoy consideramos insalvables. Pero, en cualquier caso, mis novelas no van de eso.

No me interesa especialmente discutir si los gravitones existen o no, si algún día seremos capaces de manipular la gravedad artificial o si encontraremos una forma de viajar más rápido que la luz. Todo eso puede resultar fascinante, pero para mí es el decorado, no la historia.

Lo que realmente me interesa es observar qué harían los seres humanos si esas tecnologías llegaran a existir. Cómo cambiarían nuestras sociedades. Qué nuevos conflictos aparecerían. Quién tendría el poder. Quién quedaría excluido. Qué miedos seguirían acompañándonos y cuáles surgirían por primera vez.

A veces pienso que la ciencia ficción debería llamarse "sociedad ficción" más que ciencia ficción. Utiliza el futuro como laboratorio para estudiar al ser humano. Lo importante no es la máquina, sino la persona que decide utilizarla.

También creo que la ciencia ficción está profundamente relacionada con la exploración. Los seres humanos somos exploradores por naturaleza. Nos extendimos por todos los continentes, cruzamos océanos, escalamos montañas y atravesamos desiertos porque siempre hemos sentido la necesidad de descubrir qué había detrás de la siguiente colina.

Para mí, la ciencia ficción nace exactamente de ese impulso. De preguntarnos hasta dónde seremos capaces de llegar. Qué ocurrirá cuando demos el siguiente paso. Qué encontraremos al otro lado. Y, sobre todo, si seguiremos siendo los mismos cuando lleguemos allí.

Porque al final una nave espacial es solo un vehículo. Lo verdaderamente interesante son las personas que viajan dentro.

 

​En tu obra La tercera ley, los dilemas morales son el motor de la trama. ¿Nos da más miedo la evolución de la ciencia o el hecho de que el ser humano no cambie sus bajos instintos por muchos planetas que colonice?

Sin ninguna duda, me preocupa mucho más lo segundo. La tecnología cambia constantemente. Nuestra naturaleza, bastante menos. De hecho, llevamos miles de años contando esencialmente las mismas historias. Cambian los escenarios, las herramientas y los nombres de los protagonistas, pero seguimos hablando de poder, ambición, amor, miedo, traición, venganza, corrupción o supervivencia. Los seres humanos del futuro serán más avanzados tecnológicamente, pero sospecho que se parecerán mucho más a nosotros de lo que les gustaría reconocer.

Estoy convencido de que, si algún día colonizamos otros planetas, también exportaremos allí nuestras virtudes y nuestros defectos. Llevaremos la creatividad, la curiosidad y la capacidad de cooperación que nos han permitido progresar como especie. Pero también llevaremos la codicia, la lucha por el poder, los prejuicios y la tendencia a creer soluciones simples para problemas complejos.

Sospecho que en esos mundos lejanos volverán a surgir líderes capaces de prometer paraísos imposibles a personas deseosas de creer en ellos. Aparecerán nuevas élites, nuevos conflictos y nuevas formas de desigualdad. Cambarán los decorados, pero muchas dinámicas seguirán siendo reconocibles.

Ojalá fuera más optimista. De verdad me gustaría serlo. Pero no sería sincero. Cuando observo la historia humana veo avances extraordinarios, pero también una sorprendente capacidad para repetir errores que creíamos superados. Quizá por eso me interesa tanto la ciencia ficción. Porque permite imaginar el futuro sin dejar de hablar del presente. Y porque, en el fondo, muchas veces el verdadero misterio no consiste en saber qué tecnología inventaremos mañana, sino en preguntarnos si estaremos a la altura moral de las herramientas que ya tenemos hoy.

 

​La supervivencia psicológica es una constante en tus personajes distópicos. ¿Qué le pasa a la mente humana cuando se la priva de la Tierra y se la encierra en una colonia espacial?

Creo que tendemos a subestimar nuestra capacidad de adaptación. Si algo caracteriza al ser humano es precisamente su extraordinaria habilidad para sobrevivir en entornos para los que, en principio, no estaba diseñado. Nuestro cerebro es increíblemente plástico, especialmente cuando se trata de sobrevivir. A lo largo de la historia hemos aprendido a vivir en desiertos, selvas, montañas, regiones polares y grandes ciudades. Hemos soportado guerras, migraciones, hambrunas y cambios tecnológicos que habrían parecido imposibles para generaciones anteriores.

Por eso estoy convencido de que, si algún día habitamos colonias espaciales, terminaremos adaptándonos también a ellas. Nos acostumbraremos a la gravedad artificial, a la ausencia de horizontes naturales, a la iluminación artificial, a los espacios reducidos y a vivir en entornos hostiles donde un simple fallo técnico podría poner en peligro a toda una comunidad.

Eso no significa que sea fácil. La adaptación tiene un coste psicológico. Surgirán nuevas formas de estrés, nuevas patologías y nuevas tensiones sociales. Habrá personas que lo soporten mejor que otras. Algunos sentirán nostalgia de la Tierra sin haberla pisado jamás, mientras que otros acabarán considerando una colonia espacial como su único hogar posible.

 

​El poder y la corrupción repiten patrones en tus novelas, ya sea en una comisaría o en el espacio profundo. ¿Es el poder una enfermedad que viaja en nuestro ADN?

No estoy seguro de que el poder sea una enfermedad. Lo que sí creo es que suele atraer a las personas equivocadas. Con frecuencia quienes más lo desean son quienes menos preparados están para ejercerlo. Personas con mucho ego, demasiada confianza en sí mismas y poca capacidad para escuchar.

Además, vivimos en una época donde la facilidad de palabra suele confundirse con la inteligencia. Muchas veces ascienden personas capaces de ofrecer respuestas simples a problemas complejos. Y eso funciona porque, siendo sinceros, pensar exige esfuerzo. Nuestro cerebro tiende a buscar atajos, explicaciones sencillas y certezas cómodas. Por eso los demagogos han existido siempre y probablemente seguirán existiendo dentro de cien o mil años.

Sin embargo, lo que más me interesa del poder no son quienes nacen dentro de él, sino quienes llegan desde abajo. Las personas que salen del barro y consiguen abrirse paso en un mundo que parecía diseñado para impedirlo.

Por eso uno de mis personajes favoritos es Víctor, protagonista de El ascenso del Duque. En realidad, apareció por primera vez en Las colonias del Sistema Solar: Theia y, curiosamente, fue concebido como un villano. Pero a medida que avanzaba la historia empezó a tomar decisiones propias y terminé fascinado por él.

Víctor crece en uno de los barrios más pobres de la Tierra. Tiene unos padres que lo quieren y una vida humilde pero digna. Todo cambia cuando su padre muere y se ve obligado a madurar de golpe. Comprende que el mundo no es justo, descubre que posee un enorme talento para ejercer la violencia y llega a la conclusión de que nadie va a regalarle nada. Para ayudar a su madre se convierte en mercenario y delincuente. Poco a poco descubre que también es un líder nato. No alcanza el poder porque alguien se lo conceda ni porque gane unas elecciones. Lo conquista utilizando las únicas herramientas que tiene a su alcance.

Y, sin embargo, resulta difícil odiarlo.

Ha cometido actos terribles. Es violento, ambicioso y en ocasiones despiadado. Pero al mismo tiempo posee un código moral muy sólido y una lealtad feroz hacia las personas que considera suyas. Muchos lectores me han escrito para decirme que es su personaje favorito, y lo entiendo perfectamente. Quizá porque encarna una idea que me resulta muy interesante: la línea que separa al héroe del villano suele ser mucho más fina de lo que nos gusta admitir. Y el poder, más que transformar a las personas, suele revelar quiénes eran realmente desde el principio.

 

​¿Cómo consigues que una trama de ciencia ficción dura no pierda el olor a calle, a fango y a vulnerabilidad que caracteriza al género criminal?

Lo primero que tendría que decir es que yo no considero que escriba ciencia ficción dura, aunque algunos lectores sí la definan así. Personalmente siempre he pensado que mis novelas están más cerca de la space opera, entendida no como una sucesión de batallas espaciales, sino como historias donde la exploración, la política, las sociedades humanas y los personajes tienen más importancia que los detalles técnicos. De todas formas, tampoco me gustan demasiado las etiquetas. Son útiles para orientar al lector, pero muchas veces terminan limitando más de lo que ayudan.

Respecto a la pregunta, la verdad es que no hago ningún esfuerzo especial para introducir el fango, la calle o la vulnerabilidad en mis historias. Creo que el error consiste en pensar que el progreso tecnológico elimina automáticamente los problemas humanos. No paramos de evolucionar tecnológicamente. Cada generación dispone de herramientas que habrían parecido milagrosas a la anterior. Sin embargo, basta salir a la calle para comprobar que la pobreza, la violencia, la corrupción, la desigualdad o la desesperación siguen existiendo. La tecnología avanza mucho más rápido que nosotros.

Somos el resultado de millones de años de evolución biológica. La civilización, siendo generosos, tiene unos pocos miles de años. Y la revolución tecnológica apenas lleva un par de siglos transformando nuestras vidas. Cuando se observan esas cifras con perspectiva, resulta evidente que la tecnología es una capa muy fina sobre una naturaleza humana muchísimo más antigua. Por eso nunca me ha costado imaginar delincuentes, mafias, corrupción o conflictos sociales en el futuro. Al contrario. Me parecería mucho más difícil imaginar una sociedad completamente libre de ellos.

Cuando escribo no veo colonos espaciales, policías marcianos o dirigentes planetarios. Veo seres humanos. Personas con ambiciones, miedos, defectos, prejuicios, deseos y contradicciones muy parecidas a las nuestras. Cambian las herramientas, cambian los escenarios y cambian las circunstancias, pero la condición humana sigue viajando con ellos. Creo que el fango, la calle y la vulnerabilidad seguirán acompañándonos allá donde vayamos. Da igual que sea un barrio de Vitoria, una ciudad marciana o una estación espacial orbitando Júpiter. Seguiremos llevando con nosotros nuestra herencia biológica, nuestras virtudes y nuestras miserias.

Y, sinceramente, eso me parece mucho más interesante que cualquier motor de fusión o cualquier nave capaz de alcanzar las estrellas.

 

​¿Qué tiene el subgénero de la distopía que nos atrae tanto a los lectores, especialmente cuando el mundo real ya se siente a veces al borde del abismo?

Es una pregunta interesante porque, aunque muchos lectores han asociado algunas de mis novelas a la distopía, yo nunca he tenido la sensación de escribir ese género de forma consciente. Recuerdo que un lector definió Las colonias del Sistema Solar: Theia como una "distopía optimista". La expresión me dejó bastante pensativo y, si soy sincero, todavía no estoy completamente seguro de haber entendido qué quería decir exactamente. Probablemente porque mis historias suelen presentar sociedades con muchos problemas, pero también personajes que intentan abrirse camino dentro de ellas.

Dicho esto, la distopía es un género que me gusta mucho como lector. Además, creo que bajo esa etiqueta conviven obras muy diferentes. No es lo mismo una distopía al estilo de Orwell, basada en el control absoluto, la vigilancia permanente y la anulación del individuo, que una historia de colapso total donde la civilización desaparece y los personajes tienen que sobrevivir entre las ruinas. Personalmente, disfruto más con estas últimas. Las distopías de destrucción absoluta me resultan fascinantes porque obligan a los personajes a reconstruir el mundo desde cero. En cambio, las sociedades de control total me producen una sensación de angustia mucho más profunda. Recuerdo sufrir bastante leyendo 1984. Me parece una novela extraordinaria, pero también una de las historias más opresivas que he leído.

Creo que la razón por la que nos atraen tanto las distopías es que funcionan como una especie de vacuna emocional. Nos permiten explorar nuestros miedos en un entorno seguro. Nos muestran futuros posibles, errores que podríamos cometer o consecuencias que preferiríamos evitar. Y, en cierto modo, también nos ayudan a valorar el presente. Después de leer una buena distopía, uno suele cerrar el libro pensando algo parecido a: "Puede que las cosas no sean perfectas, pero podrían ser mucho peores". Quizá por eso seguimos leyéndolas generación tras generación. Porque no hablan realmente del futuro. Hablan de nosotros, de nuestros miedos y de los caminos que preferiríamos no recorrer.

 

​Si tuvieras que definir el mensaje central de tu saga espacial en una sola frase, ¿dirías que es una advertencia o un reflejo de nuestro presente?

Diría que es un mensaje moderadamente optimista. Mis novelas muestran corrupción, desigualdad, violencia y muchos de los defectos que acompañan al ser humano desde hace miles de años. Pero, al mismo tiempo, también muestran algo que considero igual de importante: nuestra extraordinaria capacidad para adaptarnos, sobrevivir y seguir avanzando. Estoy convencido de que tarde o temprano la humanidad tendrá que expandirse más allá de la Tierra. No porque sea especialmente romántico ni porque el espacio sea un lugar acogedor, sino porque nuestro planeta tiene límites físicos. En algún momento nos encontraremos con ellos y tendremos que decidir si queremos estancarnos o continuar explorando.

Cuando imaginé Las colonias del Sistema Solar y el resto de las Crónicas de la Expansión, pensé mucho en las grandes exploraciones marítimas de los siglos XV y XVI. Aquellos marineros se embarcaban en naves frágiles, atravesaban océanos desconocidos y asumían riesgos enormes sin saber si llegarían vivos al otro lado. Sin embargo, aun así, seguían partiendo porque la curiosidad, la necesidad y la ambición eran más fuertes que el miedo. Creo que algo parecido ocurrirá cuando demos el salto definitivo al espacio. Las primeras generaciones de colonos vivirán una aventura extraordinaria, pero también extremadamente peligrosa. Cometerán errores, sufrirán conflictos y probablemente repetirán muchos de los fallos que ya hemos cometido aquí. Pero aun así seguirán adelante.

Por eso no veo mi saga como una advertencia, aunque contenga algunas. La veo más bien como una posibilidad. Un intento de imaginar cómo sería esa primera gran expansión humana por el Sistema Solar. Si tuviera que resumirla en una sola idea, sería esta: el futuro no será perfecto, pero seguirá siendo una aventura. Y los seres humanos nunca hemos sabido resistirnos a una buena aventura.


 

               La grandes influencias Anglosajonas


En tu biblioteca se sientan juntos Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Philip K. Dick y James Ellroy. ¿Cómo se logra fusionar la inmensidad de la ciencia ficción clásica con la crudeza sin filtros del noir norteamericano?

Creo que la clave está en comprender que la tecnología no va a cambiar la esencia del ser humano. Al contrario, sospecho que la hará todavía más compleja. La ciencia ficción clásica suele preguntarse qué ocurrirá cuando aparezcan nuevas tecnologías o cuando la humanidad se expanda por el espacio. La novela negra, en cambio, suele preguntarse qué ocurre cuando el poder, la ambición, el miedo o la corrupción entran en juego. Para mí ambas preguntas forman parte de la misma conversación.

Cuando imagino el futuro no veo una humanidad más simple o más virtuosa. Veo una humanidad más diversa, más compleja y llena de nuevos conflictos. Por eso me interesan especialmente cuestiones como el transhumanismo, las modificaciones genéticas, la inteligencia artificial o las nuevas formas de organización social. Cada uno de esos avances introduce individuos y situaciones completamente nuevas.

Y donde aparecen individuos nuevos, aparecen también nuevos conflictos. El noir siempre ha sido un género extraordinariamente flexible. No necesita una época concreta ni una ciudad determinada. Lo único que necesita son seres humanos enfrentados a dilemas morales, intereses contrapuestos y zonas grises. Si trasladamos esos elementos a Marte, a una estación espacial o a una colonia situada en las lunas de Júpiter, el resultado sigue funcionando. De hecho, creo que el futuro ofrece posibilidades casi infinitas para la novela negra. ¿Qué ocurre cuando una persona puede modificar su cuerpo? ¿O cuando la memoria puede alterarse? ¿O cuando algunos individuos viven doscientos años mientras otros apenas sobreviven? ¿Cómo afecta eso al crimen, al poder o a la desigualdad? Ahí es donde autores como Philip K. Dick me resultan especialmente interesantes. Comprendieron que el verdadero impacto de la tecnología no está en las máquinas, sino en cómo transforma nuestras relaciones y nuestra percepción de la realidad.

Por eso nunca he visto una contradicción entre la ciencia ficción y el noir. Al contrario. Creo que ambos géneros se complementan extraordinariamente bien. Uno amplía el escenario; el otro nos recuerda que, por muy lejos que viajemos, seguiremos llevando con nosotros nuestras virtudes y nuestras miserias.

 

​De Isaac Asimov heredas el gusto por las tramas de ideas complejas. ¿Cómo adaptas esa herencia al ritmo frenético que exige un thriller actual?

Mi primer contacto con Isaac Asimov fue a los diecisiete años, cuando cayó en mis manos Los límites de la Fundación. Curiosamente, empecé por la penúltima novela de la saga. Sin embargo, para entonces ya era un lector habitual de ciencia ficción. Había leído comics y novelas como la que está basada en la película Star Wars, había visto El Imperio Contraataca y El Retorno del Jedi, y además siempre he sido un consumidor compulsivo de historias, ya fueran libros, películas o series. Supongo que por eso nunca he visto los géneros como compartimentos estancos. Para mí siempre ha sido natural mezclar ideas, influencias y formas distintas de contar historias. Probablemente la novela más asimoviana que he escrito sea Las colonias del Sistema Solar: Theia. Y precisamente por eso tiene un arranque relativamente lento. Asimov se tomaba su tiempo para presentar el mundo, los personajes y los conflictos antes de acelerar la trama. Hoy en día eso va un poco a contracorriente.

A lo largo de los años he mantenido conversaciones con personas del sector editorial que me han sugerido modificar ese comienzo, adelantar determinados acontecimientos o reorganizar capítulos para ajustarlo mejor a los códigos narrativos actuales. Entiendo perfectamente esos argumentos. El mercado ha cambiado y la atención del lector es un bien cada vez más escaso. Sin embargo, nunca he terminado de hacerlo. En parte porque creo que algunas historias necesitan respirar a su propio ritmo. Pero también porque fueron precisamente esos primeros lectores quienes apostaron por la novela tal y como fue concebida. Les gustó la historia, les gustaron los personajes y aceptaron recorrer ese camino conmigo desde el principio. En cierto modo, mi carrera como escritor se la debo a ellos. Dicho esto, también es cierto que mi forma de escribir ha evolucionado con los años. A partir de El ascenso del Duque empecé a utilizar arranques mucho más intensos y directos. Si uno compara Theia con El ascenso del Duque, Corrupción en Marte, Selena, La Tercera Ley o Escritor Fantasma, verá que la historia entra en materia mucho antes y que la tensión aparece desde las primeras páginas.

Supongo que parte de esa evolución procede de todo lo que he leído y escrito durante este tiempo. Hoy soy mucho más consciente de la importancia de captar la atención del lector desde el principio. Lo curioso es que sigo pensando que el arranque pausado de Theia funciona dentro de esa novela concreta. No lo escribiría exactamente igual hoy, pero tampoco siento la necesidad de reescribirlo para adaptarlo a las modas actuales.

No tengo nada en contra de los thrillers de ritmo vertiginoso. De hecho, ahora yo mismo los escribo. Pero también creo que hay espacio para novelas que dediquen tiempo a construir un universo antes de ponerlo patas arriba. Basta observar el éxito de autores como Haruki Murakami, que a menudo se toma cientos de páginas para construir una atmósfera, desarrollar personajes o sumergir al lector en una determinada forma de mirar el mundo. Sus novelas rara vez tienen prisa y, sin embargo, millones de lectores las siguen disfrutando. Hay lectores que quieren llegar cuanto antes al destino y otros que disfrutan del viaje. Como escritor intento ofrecer ambas cosas, aunque reconozco que en mis primeras novelas me preocupaba más el viaje que la velocidad. Si algo aprendí de Asimov no fue únicamente el gusto por las grandes ideas. También aprendí que una buena historia puede permitirse avanzar con calma si consigue despertar la curiosidad del lector. Y esa es una lección que todavía intento aplicar hoy, aunque ahora la combine con una narrativa más ágil y directa que probablemente debo a mi evolución como escritor y a mi acercamiento al thriller y la novela negra.

 

​Philip K. Dick estaba obsesionado con la fractura de la realidad y la locura. En novelas tuyas como Escritor Fantasma, donde la mente del protagonista es un laberinto, ¿cuánto hay de ese homenaje a Dick?

Para ser sincero, nunca me había planteado Escritor Fantasma como un homenaje consciente a Philip K. Dick. Sin embargo, ahora que lo mencionas, quizá exista más relación de la que yo mismo había percibido. Lo cierto es que Carlo, el protagonista, es un escritor independiente con el que me siento bastante identificado en algunos aspectos. No porque compartamos exactamente la misma personalidad, sino porque ambos conocen las dudas, las inseguridades y las dificultades que acompañan a quien escribe sin el respaldo de una gran estructura detrás. La novela nació de una imagen muy concreta. El primer capítulo apareció prácticamente completo en mi cabeza y sentí la necesidad de continuar aquella historia. En principio iba a ser un relato largo, pero pronto comprendí que había algo más grande detrás. Empecé a escribirla a principios de 2023 y durante los primeros meses avanzó con bastante rapidez. El problema apareció después. La trama fue creciendo, los misterios se multiplicaron y llegó un momento en que me encontré atrapado dentro de mi propia historia. Llevaba escritas unas doscientas páginas y no conseguía encontrar una salida satisfactoria.

Intenté retomarla varias veces. Escribía capítulos enteros y los borraba. Probaba caminos distintos y ninguno terminaba de funcionar. Durante una temporada llegué a pensar que quizá nunca conseguiría terminarla.

Y entonces ocurrió algo curioso. El año pasado, mientras practicaba mountain bike, la solución apareció de forma completamente natural. Sin forzar nada. Sin estar sentado delante del ordenador. Simplemente surgió. De repente comprendí cómo encajaban las piezas y cuál era el camino que debía seguir la historia. A partir de ese momento retomé la novela con una intensidad casi obsesiva y la terminé en pocos meses. Quizá ahí sí exista un cierto parentesco con Philip K. Dick. No tanto en la intención consciente de rendirle homenaje, sino en el interés por explorar una realidad que se vuelve cada vez más incierta. En Escritor Fantasma me interesaba que el lector compartiera la sensación de desconcierto del protagonista y se preguntara constantemente qué estaba ocurriendo realmente.

Al final, una de las preguntas que más me interesan como escritor es la misma que fascinaba a Dick: ¿qué ocurre cuando dejamos de confiar plenamente en nuestra percepción de la realidad? Y pocas cosas resultan tan inquietantes como descubrir que quizá nuestra propia mente no sea un narrador completamente fiable.

 

​La sombra de James Ellroy se percibe en tu forma de tratar las instituciones corruptas y la violencia moral. ¿Es necesario ser implacable con los personajes para hacer buena novela negra?

Creo que la novela negra vive precisamente de eso: de una atmósfera implacable y de personajes obligados a sobrevivir dentro de ella. No significa que todos los personajes tengan que sufrir constantemente ni que el autor deba castigarles por sistema. Pero sí creo que una buena novela negra necesita consecuencias. Las decisiones importan. Los errores tienen un precio. Y las malas elecciones suelen terminar pasando factura. Quizá por eso me cuesta creer en ciertos thrillers donde los protagonistas atraviesan situaciones extremas y salen prácticamente indemnes, tanto física como psicológicamente. La realidad no funciona así y la novela negra, incluso cuando es ficción, suele mantener algún tipo de compromiso con esa dureza. 

Además, estoy convencido de que eso es precisamente lo que muchos lectores buscamos en el género. Nos interesa contemplar la oscuridad humana desde un lugar seguro. Explorar la violencia, la corrupción, el miedo o la degradación moral sin tener que sufrir sus consecuencias reales. En cierto modo, la novela negra funciona como un simulador de riesgos. Nos permite asomarnos al abismo sin caer dentro. Por eso me atraen tanto los personajes imperfectos. Personas que se equivocan, que toman malas decisiones, que se dejan arrastrar por sus defectos o por sus circunstancias. Son mucho más interesantes que los héroes impecables porque se parecen más a nosotros. Y ahí es donde creo que Ellroy ha sido tan influyente. Sus novelas muestran un mundo donde las instituciones están formadas por seres humanos, y los seres humanos son complejos, contradictorios y muchas veces moralmente ambiguos. No hay demasiados santos en sus libros, pero tampoco demasiados demonios absolutos. Al final, no creo que se trate de ser cruel con los personajes. Se trata de ser honesto con ellos. Y la honestidad, especialmente en la novela negra, suele ser bastante dura.

 

​Esos cuatro autores anglosajones tienen estilos muy directos. ¿Consideras que la literatura de género en español a veces peca de excesivo lirismo cuando lo que pide el cuerpo es acción y tensión psicológica?

Aquí voy a responder únicamente como lector, no como crítico literario ni como alguien que pretenda decir a los demás cómo deben escribir. Y la respuesta es sí. Al menos desde mi experiencia como lector. Tengo la sensación de que, en ocasiones, cierta literatura de género en español dedica más atención a la belleza de la prosa que a la tensión narrativa. No digo que eso sea necesariamente malo. Hay lectores que buscan precisamente ese tipo de experiencia y autores que lo hacen extraordinariamente bien. Ahora bien, personalmente siempre me han atraído más las historias que me obligan a seguir pasando páginas que aquellas que me invitan a detenerme para admirar una frase especialmente hermosa. Cuando abro una novela negra, un thriller o una obra de ciencia ficción, suelo buscar conflicto, tensión, misterio y personajes interesantes antes que exhibiciones de virtuosismo literario. Quizá por eso me siento tan cómodo con autores como Asimov, Philip K. Dick, James Ellroy o incluso Orwell. Ninguno de ellos destaca especialmente por una prosa ornamental. Lo que hacen es algo mucho más difícil: consiguen que el lector quiera saber qué ocurre a continuación.

Dicho esto, no seré yo quien diga a otros escritores cómo deben escribir. Eso va completamente en contra de mi forma de entender la literatura. Cada autor debe encontrar su propia voz y cada lector tiene derecho a buscar aquello que más disfruta. Simplemente ocurre que, en mi caso, prefiero una historia capaz de mantenerme despierto hasta las tres de la mañana porque necesito terminar el siguiente capítulo antes que una novela donde cada página parece una exhibición de fuegos artificiales estilísticos. 

Al final, la literatura es lo suficientemente amplia para que convivan ambas formas de entenderla. Yo, simplemente, sé cuál me gusta más cuando me siento al otro lado del libro.

 

​Arthur C. Clarke miraba al espacio con misticismo y fascinación; tú pareces mirarlo con la sospecha de un detective. ¿Hará falta una policía interplanetaria antes de lo que pensamos?

La verdad es que yo también miro al espacio con fascinación y cierto misticismo. Resulta difícil contemplar las imágenes que nos envían los telescopios o pensar en la inmensidad del universo sin experimentar una mezcla de asombro y humildad.

Ahora bien, una cosa no excluye la otra. Puedo sentir fascinación por la exploración espacial y, al mismo tiempo, ser perfectamente consciente de que cuando lleguemos allí arriba probablemente llevaremos con nosotros todas nuestras virtudes y todos nuestros defectos. La historia humana sugiere que tenemos una extraordinaria capacidad para explorar nuevos territorios... y una capacidad igualmente extraordinaria para meterlos en problemas poco después.

Estoy convencido de que las primeras colonias espaciales necesitarán leyes, instituciones y mecanismos de control mucho antes de lo que solemos imaginar. No porque los seres humanos sean especialmente malvados, sino porque allí donde aparecen comunidades humanas también aparecen conflictos, intereses contrapuestos, delitos y luchas por el poder. De hecho, la idea de una policía interplanetaria me parece bastante plausible. No sé si se llamará así ni cómo estará organizada, pero cuesta imaginar una civilización repartida por varios planetas sin algún tipo de organismo encargado de investigar delitos, perseguir piratas, combatir el contrabando o mediar en conflictos jurisdiccionales.

Aquí vuelvo inevitablemente a Isaac Asimov. Aunque casi todo el mundo recuerda Fundación o sus novelas de robots, yo también guardo un gran cariño por Lucky Starr, aquel aventurero espacial que recorría el Sistema Solar enfrentándose a conspiraciones, amenazas y conflictos en las distintas colonias humanas. Aquellas novelas tenían un enorme sentido de la aventura y transmitían una idea muy clara: el futuro no iba a ser un lugar ordenado y perfecto, sino una nueva frontera llena de oportunidades... y de problemas. Quizá por eso muchos de mis personajes terminan moviéndose en zonas grises donde la ley, la política y los intereses económicos se mezclan constantemente. Porque sospecho que el futuro será mucho más complejo de lo que solemos imaginar.

En el fondo, Arthur C. Clarke y yo probablemente compartimos algo importante: la fascinación por el viaje. La diferencia es que mientras él observaba las estrellas preguntándose qué maravillas encontraríamos allí, yo no puedo evitar preguntarme también quién será el primer policía que tenga que perseguir a un contrabandista entre Marte y las lunas de Júpiter. Y siendo sinceros, estoy bastante seguro de que ese trabajo acabará existiendo algún día.

 

De todos estos referentes, ¿cuál es el que te dio la lección más valiosa sobre cómo sostener la mirada al abismo de la condición humana?

No sabría decantarme por uno solo. Sería injusto y probablemente poco preciso. Cuando se habla de influencias literarias solemos citar nombres concretos, pero la realidad es que un escritor acaba siendo el resultado de miles de lecturas, películas, series, cómics, conversaciones y experiencias acumuladas a lo largo de toda una vida. Por supuesto que Asimov me enseñó cosas. Philip K. Dick me enseñó otras. James Ellroy, Arthur C. Clarke, Orwell, Joyce Carol Oates, Stefan Zweig o Alastair Reynolds también han dejado su huella. Pero sería imposible separar unas influencias de otras y determinar exactamente dónde termina una y empieza la siguiente. 

Y luego está la vida: Las alegrías, las decepciones, los errores, los trabajos que has desempeñado, las personas que has conocido, las conversaciones que recuerdas años después o las situaciones que te obligan a replantearte lo que creías saber sobre el mundo. Todo eso termina entrando en los libros de una forma u otra. Quizá la lección más importante que he aprendido no procede de ningún autor en concreto, sino de la suma de todos ellos y de la experiencia acumulada. La condición humana es demasiado compleja para explicarla desde una sola mirada. Necesitamos muchas perspectivas distintas para acercarnos a ella.

Por eso sigo leyendo de forma tan variada. Ciencia ficción, novela negra, ensayo, historia, biografías o literatura general. Nunca sabes dónde vas a encontrar una idea, una reflexión o un personaje que termine acompañándote durante años. Al final, creo que la mirada al abismo no la sostiene un único escritor. La sostenemos entre todos los que intentamos comprender un poco mejor por qué los seres humanos somos capaces de lo mejor y de lo peor.

 

​Si pudieras resucitar a uno de ellos para que leyera una de tus novelas y te diera su opinión, ¿a quién elegirías y qué libro le pondrías sobre la mesa?

Probablemente elegiría a Isaac Asimov. No necesariamente porque lo considere el mejor escritor de todos los tiempos ni porque haya sido mi única influencia, sino por una cuestión de vínculo emocional. Aunque ya disfrutaba leyendo antes de descubrirlo, fue Asimov quien me convirtió en un auténtico friki de la lectura. Recuerdo perfectamente la sensación de abrir una de sus novelas y descubrir que la literatura podía ser mucho más que una simple historia. Con él aprendí a imaginar mundos posibles, a plantearme preguntas sobre el futuro y a reflexionar sobre cómo evolucionan las sociedades. De alguna manera, me enseñó que pensar también podía ser una aventura. Además, tuvo una influencia enorme en mi forma de entender la ciencia ficción. Me hizo comprender que el género no consiste únicamente en naves espaciales, robots o avances tecnológicos, sino en utilizar esas herramientas para hablar del ser humano.

Respecto a qué novela le daría, probablemente Las colonias del Sistema Solar: Theia. No porque sea mi mejor obra —eso deberían decidirlo los lectores—, sino porque es la más directamente relacionada con las lecturas que me llevaron a escribir ciencia ficción. En cierto modo, todo empezó allí. Y reconozco que también sentiría curiosidad por ver su reacción al mundo actual. Asimov murió en 1992 y hoy estamos asistiendo al nacimiento de tecnologías que durante décadas parecían pertenecer exclusivamente a sus libros. La inteligencia artificial, la robótica avanzada o los sistemas capaces de mantener conversaciones complejas ya forman parte de nuestra vida cotidiana.

Sinceramente, me encantaría sentarme con él a tomar un café y escuchar qué opina sobre todo esto. Aunque sospecho que, después de unos minutos de conversación, acabaría siendo yo quien formulara las preguntas. Porque, más allá de sus novelas, Asimov tenía una cualidad extraordinaria: conseguía despertar la curiosidad. Y para un lector, pocas cosas son más valiosas que eso.


 

                 Narrativa Oscura y personajes ambiguos.

 

​Has afirmado en varias ocasiones que no escribes historias para dejar cómodo al lector. ¿Por qué crees que la incomodidad es una herramienta literaria tan potente?

Porque como lector es exactamente lo que más me gusta encontrar en un libro. Me atraen las historias que me sacan de mi zona de confort, que me obligan a replantearme algo o que consiguen acompañarme durante días después de haberlas terminado. No necesariamente porque sean complejas o filosóficas, sino porque han conseguido tocar alguna fibra sensible o plantear una pregunta incómoda. A veces se habla de la literatura como si solo existieran dos opciones: el entretenimiento puro o la gran novela trascendental. Yo no lo veo así. Creo que una historia puede ser entretenida y, al mismo tiempo, dejar una huella profunda en el lector.

No hacen falta tratados filosóficos de mil páginas para conseguirlo. Un thriller, una novela negra o una obra de ciencia ficción pueden contener una o dos ideas poderosas capaces de quedarse contigo durante años. De hecho, muchas de las novelas que más me han marcado funcionan precisamente así. Cuando escribo, me interesa que el lector disfrute de la historia, que quiera seguir pasando páginas y descubrir qué ocurre a continuación. Pero también me gusta dejar algunas preguntas flotando en el aire. Preguntas sobre el poder, la moral, la identidad, la verdad o la naturaleza humana.

No espero que todo el mundo llegue a las mismas conclusiones. De hecho, prefiero que no lo hagan. Lo interesante es que cada lector encuentre sus propias respuestas. Quizá por eso me atrae tanto la incomodidad como herramienta narrativa. Porque la comodidad rara vez nos obliga a reflexionar. En cambio, cuando una historia nos incomoda, aunque solo sea un poco, significa que ha conseguido atravesar nuestras defensas y llegar a algún lugar más profundo. Y si un lector cierra uno de mis libros y se queda pensando durante unos días en alguna de las cuestiones que plantea, considero que la novela ya ha cumplido buena parte de su misión.

 

​Tus novelas huyen de los héroes perfectos y se llenan de personajes ambiguos y grises, como en Selena. ¿Qué te atrae de los antihéroes que juegan constantemente en la línea que separa el bien del mal?

Porque, salvo contadas excepciones, no creo que existan los villanos puros. Y de lo que estoy completamente seguro es de que tampoco existen los héroes puros. La realidad suele ser bastante más compleja. Vivimos en un mundo lleno de matices donde cada persona intenta salir adelante con las cartas que le han tocado. Algunas son mejores y otras peores, pero todos tomamos decisiones condicionados por nuestras circunstancias, nuestros miedos, nuestros deseos y nuestras limitaciones. Quizá por eso me atraen tanto los personajes ambiguos. Son los que más se parecen a la vida real. Personas capaces de hacer algo admirable por la mañana y tomar una decisión terrible por la tarde. Individuos que poseen defectos evidentes, pero también virtudes que los hacen humanos.

Durante muchos años jugué bastante al mus y siempre me llamó la atención una cosa. Cuando te entraban cuatro reyes o una mano extraordinaria, ganar resultaba relativamente sencillo. Donde realmente demostrabas tu capacidad era cuando las cartas eran malas. Ahí aparecía la estrategia, la intuición y la experiencia. Con los personajes ocurre algo parecido. Un héroe perfecto que siempre toma la decisión correcta me interesa bastante menos que alguien obligado a elegir entre varias opciones malas. Es en esos momentos donde descubrimos quién es realmente. Por eso personajes como Jimmy, Selena o Víctor me resultan tan atractivos como escritor. Ninguno de los dos es un modelo moral. Ambos han tomado decisiones cuestionables y han cruzado líneas que muchas personas jamás cruzarían. Sin embargo, también poseen códigos propios, lealtades y contradicciones que los hacen comprensibles. Creo que los lectores conectamos con ellos precisamente por eso. No porque queramos imitarlos, sino porque reconocemos algo humano en sus conflictos. Todos hemos cometido errores. Todos hemos tenido que tomar decisiones difíciles. Todos hemos descubierto alguna vez que la frontera entre lo correcto y lo incorrecto no es tan nítida como nos gustaría.

Al final, la línea que separa al héroe del villano suele ser mucho más fina de lo que aparece en los cuentos. Y esa zona gris es, precisamente, donde más me gusta escribir. La culpa es un motor psicológico devastador en tus tramas. ¿Es más difícil limpiar un crimen de la conciencia de un personaje que ocultar las pistas a la policía?

Solo puedo responder desde la especulación, porque afortunadamente nunca he tenido que limpiar un crimen ni enfrentarme a una situación semejante. Sin embargo, tengo la impresión de que ambas cosas exigen capacidades muy diferentes. Para ocultar pruebas hace falta una mente racional, fría y metódica. Hay que analizar riesgos, anticipar escenarios y controlar las emociones. En cierto modo, es un problema técnico.

La conciencia, en cambio, es mucho más complicada:

Supongo que una persona puede racionalizar casi cualquier cosa. La historia está llena de individuos que han justificado actos terribles convencidos de que hacían lo correcto o de que no tenían alternativa. El ser humano posee una extraordinaria capacidad para construir relatos que le permitan convivir con sus propias decisiones. Por eso no creo que resulte especialmente difícil limpiar la conciencia en la superficie. Siempre podemos encontrar excusas, culpables externos o argumentos que nos ayuden a dormir por la noche.

El problema aparece más abajo:

Siempre me ha interesado la idea de que el subconsciente es mucho más poderoso de lo que solemos admitir. Nos gusta pensar que dirigimos nuestra vida desde la razón, pero sospecho que gran parte de nuestras decisiones nacen en lugares mucho más profundos y menos accesibles. Por eso creo que algunas culpas nunca desaparecen del todo. Quizá consigamos silenciarlas, esconderlas o disfrazarlas durante años, pero siguen ahí. Como una voz de fondo que se niega a callar completamente.

Además, en literatura resulta mucho más interesante una culpa que sobrevive que una culpa que desaparece. Un cadáver puede enterrarse. Un expediente puede cerrarse. Un crimen puede quedar impune. Pero una conciencia que se resiste a olvidar puede perseguir a un personaje durante toda su vida. Y, como novelista, debo reconocer que ese tipo de persecuciones me parecen mucho más inquietantes que cualquier investigación policial. Porque de la policía puedes escapar. De ti mismo, no siempre.

 

​A diferencia del thriller comercial que abusa del "gore" visual o el asesino en serie de manual, tú apuestas por la violencia moral. ¿Cómo se construye esa tensión psicológica para que cale en el lector sin necesidad de recurrir a la sangre fácil 

Para ser sincero, no estoy completamente seguro de cómo lo hago. Como le ocurre a Carlo, el protagonista de Escritor Fantasma, las ideas para mis novelas suelen aparecer primero en forma de imágenes. Es difícil explicarlo con precisión. De repente surge una especie de burbuja mental que contiene varias escenas, algunos personajes, una atmósfera determinada o una situación concreta. Esas imágenes son la semilla de la historia. Después paso un tiempo dándoles vueltas. A veces días, a veces meses. Si continúan regresando una y otra vez, entonces empiezo a escribir. Y ahí aparece otro problema: no soy un escritor de mapa. No suelo planificar cada detalle antes de empezar. Normalmente avanzo guiado por la intuición, siguiendo a los personajes y observando hacia dónde me conduce la historia. Muchas veces yo mismo desconozco lo que va a ocurrir cincuenta páginas más adelante.

Quizá por eso me interesa más la tensión psicológica que la violencia explícita. La sangre puede impresionar durante unos segundos, pero la inquietud suele durar mucho más. Me atraen las historias donde el lector percibe que algo no encaja, donde una conversación aparentemente normal esconde una amenaza o donde un personaje comienza a sospechar que la realidad no es exactamente como creía. En ese sentido, me interesa mucho más lo que ocurre dentro de la cabeza de los personajes que lo que sucede fuera. El miedo, la culpa, la obsesión, la paranoia o la incertidumbre suelen resultar más poderosos que cualquier escena especialmente violenta. Además, creo que la imaginación del lector siempre es más eficaz que cualquier descripción detallada. Cuando el lector participa en la construcción del horror o de la inquietud, el efecto suele ser mucho más intenso.

Al final, la tensión psicológica nace de una pregunta muy sencilla: ¿qué pasará ahora? Si consigo que el lector siga avanzando porque necesita conocer la respuesta, ya he ganado buena parte de la batalla. Y para eso no hace falta necesariamente mostrar sangre. A veces basta con una duda, una sospecha o una verdad que se acerca lentamente y que nadie quiere descubrir.

 

En Escritor Fantasma, Carlo se enfrenta a notas misteriosas en su ordenador que no recuerda haber escrito. ¿Es nuestra propia mente el antagonista más terrorífico que podemos encontrar?

Es posible que sí. Recuerdo haber leído en alguna parte que los seres humanos pasamos buena parte de nuestra vida imaginando problemas que nunca llegarán a ocurrir. No sé si el porcentaje era exactamente el noventa por ciento o algo parecido, pero la idea me llamó mucho la atención porque resulta inquietantemente familiar. Todos hemos experimentado alguna vez esa capacidad de nuestra mente para anticipar catástrofes, construir escenarios imposibles o convertir una pequeña duda en una obsesión. Y lo más curioso es que muchas veces sufrimos por cosas que jamás llegan a suceder.

Por eso me parece perfectamente plausible que nuestro peor enemigo se encuentre dentro de nuestra propia cabeza. Además, la mente humana tiene una característica fascinante: no siempre juega a nuestro favor. Nos engaña, rellena huecos en nuestros recuerdos, interpreta la realidad según nuestros prejuicios y, en ocasiones, nos muestra únicamente aquello que queremos ver.

En Escritor Fantasma me interesaba precisamente explorar esa idea. ¿Qué ocurre cuando dejamos de confiar plenamente en nuestra propia percepción? ¿Qué sucede cuando la persona que mejor debería conocernos empieza a convertirse en una incógnita? ¿Y si el misterio no estuviera ahí fuera, sino dentro de nosotros mismos?

Como escritor, pocas cosas me resultan más inquietantes que esa posibilidad. Porque un enemigo externo tiene límites. Podemos identificarlo, combatirlo o intentar huir de él. Pero cuando el problema está en nuestra propia mente la situación cambia. No existe ningún lugar al que escapar. Quizá por eso las historias psicológicas me atraen tanto. Porque el campo de batalla más importante rara vez está en una calle oscura o en una habitación cerrada. Normalmente está dentro de la cabeza de los personajes.
 

​Cuando diseñas tus tramas de suspense psicológico, ¿eres un autor de mapa, que lo tiene todo milimétricamente planificado, o te dejas sorprender por la oscuridad de tus personajes sobre la marcha?

Sin ninguna duda pertenezco al segundo grupo. No soy un escritor de mapa. Normalmente parto de una idea relativamente clara, algunas escenas importantes, ciertos personajes y, en ocasiones, incluso conozco el final al que quiero llegar. Pero el camino que conduce hasta allí suele estar bastante menos definido de lo que la gente imagina. Cuando empiezo una novela tengo la sensación de estar explorando un territorio desconocido. Sé aproximadamente hacia dónde me dirijo, pero no conozco todos los detalles del recorrido. Son los personajes, las situaciones y la propia historia quienes van marcando el camino.

De hecho, muchas de las subtramas, giros y escenas que terminan apareciendo en mis novelas no estaban previstos cuando escribí la primera página. Surgen durante el proceso. A veces porque un personaje toma una dirección inesperada. Otras porque una conversación aparentemente secundaria abre una posibilidad interesante. Y, en ocasiones, porque una idea nueva aparece cuando ya llevo cientos de páginas escritas. Sé que este método puede parecer caótico, y probablemente lo sea un poco. También tiene inconvenientes. Más de una vez me he quedado atascado porque la historia había crecido en una dirección que no había previsto. Escritor Fantasma, por ejemplo, me obligó a detenerme durante mucho tiempo precisamente por eso.

Sin embargo, también tiene una ventaja enorme: me permite conservar la capacidad de sorpresa. Si yo mismo no sé exactamente qué va a ocurrir en las próximas cien páginas, es más fácil que la historia mantenga una cierta sensación de descubrimiento. Por eso suelo decir que no escribo novelas siguiendo un plano arquitectónico. Más bien me adentro en un bosque con una brújula. Conozco el destino aproximado, pero el sendero se va formando mientras avanzo.

Y, hasta ahora, los personajes han demostrado orientarse bastante mejor que yo.

 

La redención en tus libros suele ser cara o inexistente. ¿Te consideras un escritor pesimista o simplemente un realista bien documentado?

Creo que me definiría como un optimista realista. O quizá, para ser más exactos, como un optimista al que la realidad suele sorprender para mal. Me gustaría pensar que las personas aprenden de sus errores, que las sociedades progresan y que, en términos generales, el mundo avanza en una dirección positiva. De hecho, cuando uno observa la historia a largo plazo hay motivos razonables para el optimismo. Vivimos más años, tenemos más conocimientos y disfrutamos de comodidades que habrían parecido mágicas a nuestros antepasados.

El problema es que la realidad tiene la costumbre de recordarnos constantemente que el progreso nunca es lineal. Cada vez que creo que hemos aprendido una lección colectiva, aparece alguien dispuesto a demostrar lo contrario. Quizá por eso mis novelas no suelen ofrecer redenciones fáciles. No porque piense que las personas no pueden cambiar, sino porque cambiar de verdad resulta extraordinariamente difícil. La mayoría de nosotros arrastramos nuestras virtudes y nuestros defectos durante toda la vida. Evolucionamos, sí, pero rara vez nos transformamos por completo.

Como escritor me interesan más los personajes que luchan contra sus limitaciones que aquellos que se convierten repentinamente en mejores personas porque la trama lo necesita. La redención, cuando aparece, debería tener un coste. De lo contrario, resulta poco creíble.

Así que no, no me considero un pesimista. Si lo fuera probablemente no escribiría historias sobre exploración espacial, supervivencia o personas intentando abrirse camino en circunstancias difíciles. Simplemente creo que el ser humano es una criatura extraordinaria capaz de hacer cosas maravillosas... y también auténticas estupideces. Y la experiencia me dice que, por desgracia, solemos alternar ambas con bastante frecuencia. 

 

​¿Qué ingrediente psicológico consideras que es absolutamente indispensable para que un libro de suspense funcione y no se convierta en una historia predecible?

Creo que el lector debe dudar constantemente de la capacidad de raciocinio de los personajes. No necesariamente porque estén locos o porque sufran algún trastorno mental, sino porque todos somos capaces de equivocarnos, interpretar mal una situación o tomar decisiones absurdas cuando intervienen las emociones. Muchas veces los personajes más peligrosos no son los más inteligentes ni los más violentos, sino aquellos que están convencidos de tener razón cuando en realidad se están engañando a sí mismos.

Como lector, me gustan las historias donde nunca tengo la certeza absoluta de que un personaje esté interpretando correctamente lo que ocurre a su alrededor. Esa incertidumbre genera una tensión muy poderosa porque obliga a cuestionar constantemente la información que recibimos. Además, es bastante realista. Nos gusta pensar que somos seres racionales, pero gran parte de nuestras decisiones están condicionadas por nuestros miedos, deseos, prejuicios y experiencias previas. En muchas ocasiones no vemos la realidad tal como es, sino tal como somos nosotros. Por eso me interesan tanto los personajes que dudan, que se equivocan o que interpretan el mundo de forma imperfecta. Resultan mucho más creíbles que aquellos protagonistas capaces de analizar cualquier situación con precisión quirúrgica.

En el fondo, creo que el mejor suspense nace cuando el lector empieza a preguntarse no solo qué está ocurriendo, sino también si las personas encargadas de descubrirlo son realmente capaces de comprenderlo. Porque cuando dejamos de confiar plenamente en el criterio de los personajes, cualquier cosa puede suceder. Y ahí es donde empieza la verdadera incertidumbre.


 

              El oficio, los medios y el futuro.

​Participas habitualmente en las mesas de autores locales del festival Vitoria-NeGrasteiz. ¿Qué salud dirías que tiene el género negro e independiente en el panorama cultural actual?

Creo que el género negro goza de muy buena salud. Es evidente que sigue atrayendo a muchísimos lectores y que, de una forma u otra, continúa estando de moda. Basta entrar en cualquier librería para comprobar la cantidad de novedades que aparecen cada año y la diversidad de enfoques que admite el género: novela policíaca clásica, thriller psicológico, noir rural, novela de espionaje o incluso mezclas con ciencia ficción y otros géneros. Además, la novela negra tiene una ventaja importante: permite entretener al lector mientras reflexiona sobre cuestiones sociales, políticas o humanas bastante profundas. Quizá por eso sigue conectando tan bien con públicos muy diferentes.

Respecto a los escritores independientes, me resulta más difícil responder. Estamos viviendo una época extraordinaria para escribir. Nunca había sido tan sencillo publicar una novela, crear una página web, abrir un perfil en redes sociales o poner un libro a la venta en cualquier parte del mundo. Las herramientas disponibles para los autores son impresionantes y cada vez aparecen nuevas posibilidades. Sin embargo, esa facilidad para publicar tiene una consecuencia inevitable: cada vez hay más libros compitiendo por la atención del lector. Por eso creo que hoy el verdadero desafío no es publicar, sino encontrar lectores. Conseguir que alguien dedique horas de su vida a leer una historia entre miles de alternativas disponibles es cada vez más complicado. No solo competimos con otros libros, sino también con series, películas, videojuegos, redes sociales y una cantidad prácticamente infinita de contenidos.

Aun así, soy razonablemente optimista. Siempre existirán personas con ganas de contar historias y otras con ganas de escucharlas. Lo que cambia son los canales y las herramientas. Quizá el reto de los autores independientes ya no sea encontrar una imprenta o una editorial que apueste por ellos. El verdadero reto consiste en conseguir que, en medio de tanto ruido, alguien descubra tu libro y decida darle una oportunidad. Y eso sigue siendo tan difícil como apasionante.

 

​Trabajar de manera anónima como ghostwriter para otros proyectos requiere guardar el ego en un cajón. ¿Cómo se compagina esa labor invisible con el orgullo de ver tus propias novelas firmadas en las listas de lo más escuchado?

La verdad es que nunca me ha supuesto un gran problema. Cuando colaboro con un artículo, un relato o cualquier otro proyecto que no forma parte de mi obra personal, intento asumir desde el principio cuáles son las reglas del juego. En esos casos mi trabajo consiste en aportar lo mejor de mí mismo al proyecto, no en imponer mi criterio por encima del de los demás. Por eso tampoco me molesta especialmente que se modifiquen cosas que he escrito. Al fin y al cabo, cuando trabajas para una publicación, una revista o para otra persona, el texto deja de pertenecerte completamente. Forma parte de algo más amplio y es lógico que existan correcciones, cambios o adaptaciones.

Quizá tenga que ver con mi forma de entender la escritura. Nunca he considerado que cada palabra que sale de mi teclado sea sagrada. Si alguien encuentra una forma mejor de expresar una idea o considera necesario ajustar un texto para adaptarlo a un determinado contexto, normalmente no tengo ningún problema en aceptarlo. Otra cosa distinta son mis novelas. Ahí sí existe una implicación emocional mucho mayor porque son historias nacidas de mis propias obsesiones, lecturas e inquietudes. Pero incluso en ese caso intento mantener una cierta distancia. He aprendido que una novela mejora cuando es capaz de sobrevivir a las correcciones y a las críticas.

En realidad, no veo contradicción entre escribir para otros y escribir para mí mismo. Son actividades distintas que exigen enfoques diferentes. Una se parece más a un trabajo de artesanía y la otra tiene una dimensión mucho más personal. Pero ambas comparten algo fundamental: el placer de contar historias y comunicar ideas. Y si algo he aprendido con los años es que el ego suele ser bastante menos importante que la calidad del trabajo final. El lector raramente recuerda quién ganó una discusión sobre una frase concreta. Lo que recuerda es si el texto consiguió emocionarle, entretenerle o hacerle pensar. Y eso es lo único que realmente importa.

 

​En tus relatos cortos digitales te manejas en la corta distancia con mucha efectividad. ¿Qué te aporta el formato breve que no te permita una saga espacial de largo recorrido?

Los relatos son algo muy especial para mí. A diferencia de las novelas, rara vez los planifico. Simplemente aparecen. Normalmente de forma repentina y sin previo aviso. Una imagen, una situación, una idea o una frase se instala en mi cabeza y siento la necesidad casi física de escribirla. De hecho, cuando surge un relato suelo plasmarlo con bastante rapidez. Tengo la sensación de que, si no lo escribo en ese momento, la historia perderá parte de su fuerza o desaparecerá por completo. Es una experiencia muy distinta a la de una novela, donde puedes convivir con una idea durante meses o incluso años.

No sabría describir exactamente la emoción que me producen. Lo único que sé es que resulta intensa.

Si tuviera que compararla con algo, diría que se parece a esos momentos especiales de la vida que sabes que van a durar poco tiempo, pero que recuerdas durante años. Una conversación inesperada, un paisaje visto en el momento justo o una experiencia que, aunque breve, deja una huella permanente. Las novelas son una carrera de fondo. Exigen paciencia, disciplina, planificación y una enorme capacidad de resistencia. Los relatos, en cambio, se parecen más a un destello. Son una explosión de energía creativa concentrada en muy pocas páginas. 

 

​Los medios especializados y las redes de autores independientes se hacen eco constante de tus pasos. ¿Cómo se gestiona esa exposición mediática cuando tu literatura explora a menudo el deseo de desaparecer o el anonimato?

No demasiado bien, la verdad. Nunca me ha gustado exponerme en las redes sociales. Estoy bastante más cómodo escribiendo historias que hablando de mí mismo. De hecho, si pudiera elegir, probablemente dedicaría más tiempo a leer y escribir y menos a promocionarme. 

No obstante, también entiendo la realidad del mundo actual. Si quieres vender libros, llegar a nuevos lectores y dar visibilidad a tu trabajo, necesitas tener una cierta presencia pública. En especial cuando eres un autor independiente y no cuentas con una gran estructura detrás que haga ese trabajo por ti. Por eso lo asumo como parte del oficio. No diría que me gusta, pero sí que he aprendido a convivir con ello. Es una especie de peaje que hay que pagar para que las historias encuentren a sus lectores.

Lo curioso es que, a pesar de esa incomodidad, algunas de las experiencias más gratificantes de mi vida como escritor han llegado precisamente a través de ese contacto directo con los lectores. Hay mensajes que todavía recuerdo años después. Personas que me han contado cómo una novela les acompañó en un momento difícil o cómo un personaje les hizo reflexionar sobre algo que nunca se habían planteado. Son cosas que difícilmente se olvidan. También me han sorprendido algunas interpretaciones de mis libros. En ocasiones algún lector me ha señalado aspectos de una novela en los que yo ni siquiera había pensado conscientemente mientras la escribía. Y lo más curioso es que muchas veces tenían razón. Como si hubieran descubierto conexiones que estaban ahí desde el principio, pero que yo mismo no había visto. Esos momentos compensan gran parte de las incomodidades de la exposición pública.

Me siento más cómodo detrás de una página en blanco que delante de una cámara o de una red social. Pero cuando descubres que una historia ha conectado de verdad con otra persona, entiendes que el esfuerzo merece la pena. Porque, en el fondo, escribir siempre ha consistido en eso: en tender un puente entre dos personas que probablemente nunca llegarán a conocerse.



Muchos autores aseguran que escribir es terapéutico. En tu caso, al sumergirte en sistemas corruptos y tramas tan oscuras, ¿es una terapia o un exorcismo de tus propios miedos?

Sin ninguna duda, escribir ha tenido un componente terapéutico en mi vida. Mi primera novela nació durante una etapa especialmente complicada y me ayudó a centrar la mente en algo positivo cuando más lo necesitaba. No solucionó mis problemas, pero sí me permitió tomar cierta distancia de ellos y seguir avanzando.

En cuanto a mis novelas más oscuras, normalmente no las he vivido como un exorcismo de mis propios demonios. Más bien las entiendo como una forma de explorar preguntas que me interesan. El poder, la corrupción, la culpa, la identidad, el miedo o la naturaleza humana son temas que me generan curiosidad desde hace años. Sin embargo, sí existe una excepción importante: La tercera ley

Esa novela nació, en parte, de la necesidad de enfrentarme a determinadas inquietudes personales y a algunos demonios que llevaba tiempo arrastrando. Probablemente sea el libro más íntimo que he escrito, aunque no lo parezca a simple vista. A través de la ciencia ficción pude abordar cuestiones que me preocupaban profundamente sin necesidad de convertir la novela en una confesión personal. De algún modo, escribirla me ayudó a ordenar ciertas ideas y a mirar algunos aspectos de mi propia vida desde una perspectiva diferente. Resulta curioso porque, además, ha sido mi obra más exitosa hasta la fecha. Quizá porque los lectores perciben cuándo una historia nace de una necesidad auténtica y cuándo responde únicamente a un ejercicio de imaginación. No lo sé. Lo que sí sé es que, cuando terminé de escribirla, tuve la sensación de haber dejado algo atrás.

Aun así, no escribo sobre la oscuridad porque me atraiga especialmente lo oscuro. Escribo sobre ella porque forma parte de la experiencia humana y porque creo que entenderla nos ayuda también a valorar mejor la luz. Y si además el proceso sirve para ordenar un poco el caos que todos llevamos dentro, mejor todavía.

 

Si un joven escritor independiente te pidiera consejo para abrirse camino en las plataformas literarias actuales, ¿cuál sería tu primera advertencia?

Probablemente le diría algo que puede sonar duro al principio, pero que considero fundamental: no des por hecho que los lectores están esperando tu novela. Cuando uno termina un manuscrito suele estar convencido de que ha creado algo especial. Y es normal. Has invertido meses o años de trabajo, has convivido con esos personajes y conoces cada rincón de la historia. El problema es que el mundo está lleno de personas que también creen haber escrito una novela extraordinaria. Por eso mi primera advertencia sería que no espere que los lectores se peleen por leer su libro. La realidad suele funcionar justo al revés. Es el escritor quien debe sentirse agradecido cuando alguien decide dedicar varias horas de su vida a una historia que ha escrito. Puede parecer una diferencia pequeña, pero cambia completamente la forma de afrontar este oficio.

Cuando entiendes que el tiempo del lector es valioso, empiezas a tomarte más en serio aspectos como la corrección, la revisión, el ritmo narrativo o la promoción de tu obra. Dejas de pensar únicamente en lo que tú quieres contar y empiezas a preguntarte qué experiencia estás ofreciendo a quien te lee.

También le diría que tenga paciencia. Mucha paciencia. Escribir una novela es difícil. Conseguir que alguien la lea es aún más difícil. Y lograr que ese lector recuerde tu nombre años después es extraordinariamente complicado. Pero también le diría que no se obsesione con las cifras. Los lectores llegan despacio. A veces muy despacio. Lo importante es aprovechar ese tiempo para mejorar el oficio, leer mucho, escribir mucho y aprender de los errores. Porque al final la única parte del proceso que realmente controlamos es la calidad de nuestro trabajo. Y si algún día un lector decide regalarte unas cuantas horas de su vida para entrar en uno de tus mundos, lo mínimo que puedes hacer es intentar que merezca la pena.

 

Sin romper la confidencialidad de tus proyectos en marcha... ¿seguiremos explorando las miserias de la colonización espacial o volveremos al asfalto de la novela criminal pura?

Todo apunta a que mi próximo destino será el asfalto. Aunque nunca descarto regresar a la ciencia ficción, lo cierto es que ahora mismo tengo varios capítulos escritos de una novela criminal pura que me está resultando especialmente estimulante. De hecho, sospecho que puede acabar siendo la novela más angustiosa que he escrito hasta la fecha. La historia transcurre en Álava durante el invierno y se mueve dentro de los códigos más clásicos de la novela negra, aunque incorpora algunos elementos psicológicos que me interesan mucho como escritor. En esta ocasión no hay colonias espaciales, ni Marte, ni naves recorriendo el Sistema Solar. El escenario es mucho más cercano. Y precisamente por eso resulta más inquietante.

Lo que más me atrae del proyecto es su protagonista. Mi intención es provocar una reacción muy concreta en el lector: quiero que lo odie, que empatice con él y que le tenga miedo. Todo al mismo tiempo. Me interesan mucho esos personajes que obligan al lector a cuestionar constantemente sus propios juicios morales. Es fácil posicionarse frente a un villano absoluto o frente a un héroe impecable. Lo complicado es decidir qué sentimos hacia alguien que posee rasgos admirables y aterradores a la vez.

Por ahora prefiero no revelar demasiados detalles, porque todavía estoy explorando la historia y los personajes. Pero sí puedo decir que supone un regreso consciente a la novela negra más psicológica y oscura.

 

​Para cerrar, Luis Ángel: Philip K. Dick decía que la ciencia ficción busca cuestionar qué es el ser humano. Si tus lectores cierran tus libros cuestionándose su propia brújula moral... ¿consideras que has triunfado como escritor?

Sí, sin ninguna duda. No porque espere cambiar la vida de nadie ni porque crea que una novela vaya a transformar el mundo por sí sola. Pero si consigo que un lector se cuestione, aunque sea mínimamente algo que daba por sentado antes de abrir el libro, me doy por satisfecho. Eso significa que la historia ha logrado atravesar la barrera del mero entretenimiento. Significa que ha conseguido sacar al lector, aunque sea durante unos instantes, de su zona de confort y de algunas de sus certezas. De hecho, creo que las mejores historias suelen hacer precisamente eso. No necesariamente ofrecen respuestas, pero sí plantean preguntas interesantes. Preguntas sobre la moral, el poder, la identidad, la libertad o la naturaleza humana.

Personalmente, desconfío bastante de las novelas que intentan dar lecciones. Prefiero las que obligan al lector a pensar por sí mismo. Las que presentan situaciones complejas y permiten que cada persona saque sus propias conclusiones. Por eso me interesa tanto la ambigüedad moral. Porque la vida rara vez nos enfrenta a decisiones completamente blancas o completamente negras. Lo habitual es movernos en distintas tonalidades de gris, intentando tomar la mejor decisión posible con la información que tenemos en cada momento.

Si después de leer una de mis novelas alguien se pregunta qué habría hecho él en la misma situación, si empieza a dudar de alguna de sus convicciones o si descubre una perspectiva que no había considerado antes, entonces siento que el libro ha cumplido su función.

Y si además ha disfrutado del viaje, mejor todavía.

Al final, escribir consiste en compartir preguntas. Algunas llevan miles de años acompañándonos y probablemente seguirán ahí mucho después de que desaparezcamos. Si una de mis historias consigue que un lector se detenga unos minutos a reflexionar sobre ellas, considero que ya he tenido más éxito del que jamás imaginé cuando empecé a escribir mi primera novela.

 

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